viernes, 3 de abril de 2009

VENDEDOR DE LIBROS


Un cálido aroma a café lo despierta más temprano. Radamés echa un vistazo al tumulto de libros viejos que tiene frente a la cama. Aún está oscuro, pero Radamés despabila intuyendo que hoy romperá la racha. Ya no más días sin ventas, se dice, hoy culmina la aridez.
Piensa en el aroma a café como en un jadeo de dama que le rebota en el rostro y le obliga a despertar. Aunque más le divierte la idea de que es un suspiro de Dios que se vino a conectar con él por sus dos días de obligado ayuno.

Ahora los pasos van y vienen más allá de la ventana. Radamés recoge algunos libros y los coloca en su mochila. Se alisa el bigote frente al espejo. Supone que esas ojeras, ese pelo alborotado y ese bigote tan largo no favorecen su imagen. Vender libros es seducir, se dice, es un arte de la seducción. Y aún con esa facha, recoge su bolso de mercancía y sale a la calle seguro y contento, porque algo le dice que hoy, lunes primero de mes, se inicia un ciclo mejor.

Radamés traza un plan y elige dos compradores. Al primero le caerá en la mañana, antes que entre a la universidad y los alumnos le aborden, succionen y pisen. Al segundo le caerá a mediodía, cuando sus rollos de la oficina ya se hayan disipado. Y como hace meses que no los ve el éxito es más probable.

Llega a la escuela de letras, aquel edificio gris rodeado de árboles secos y esos muchachos tan flacos, mal vestidos y afanados, le hacen volver veinte años. Radamés, el de los bigotes negros y la espesa cabellera, dando un discurso en el patio, bajo el árbol de mamón. Con los ojos clavados en la morena achinada, enfatiza cada palabra y gesticula con las manos.
Libertad espiritual… no del intelecto, ni las finanzas…. Decía Radamés y se lamía el bigote …Ser libre es ir con el pensamiento por el cielo y los pies sobre la tierra. Abrir los ojos detrás de los ojos y verse.

Ahora ríe ante lo que fue una posición férrea, que le hizo dejar los estudios por escribir, y dejar de escribir por vivir. Pero hoy no es día de cuestionarse, piensa Radamés, hoy se trata de una cosa: vender un libro, uno sólo que le permita romper la racha de días malos.

Sentado en un banco frente al viejo edificio, espera a Raúl, atento. Piensa qué libro venderle. Ahora que reflexiona en la amplia cultura de su viejo amigo sabe que será difícil. Raúl, el de los viajes a Europa y compras gigantes, siempre con libros raros y modernas suscripciones. ¿Podría acaso seducirlo con alguno de los tomos viejos, descoloridos y manoseados que conserva en su mochila? Radamés se alisa el bigote y dando un vistazo a los lados, comienza a esculcar su morral. Uno a uno saca los Rimbaud, Baudelaire y Dostoievski, que tanto leyeron juntos. Lugar común de los jóvenes terribles que querían cambiar el mundo. Las cosas eran distintas. Ya ni él mismo los leía. Debía jugárselas para venderle y en ese momento su mano tropezó aquella edición de bolsillo que produjo en la universidad junto a Raúl y Josué. Un pequeño y maltratado librillo con cuentos de Caravaggio. Supo de inmediato que era imposible no impresionar a Raúl con aquel objeto que lo conectaría a una de las mejores épocas de su vida, cuando lo creativo y experimental eran premisa, cuando se creían vanguardia, editando a un cuentista que nadie, sólo ellos, conocían en la ciudad.

Radamés infla su pecho y vuelca una mirada onda; nota que la brisa está más tibia y Raúl nada que llega. Camina hasta la garita de vigilancia y al preguntar al portero siente que los brazos se le desploman cuando éste le dice que el Profe sólo da clase los jueves.

La calle atestada de caminantes, autobuses y buhoneros, no impiden que Radamés camine sumido en sí. Siente que algo le roba el aliento e intenta creer que fue su fracaso, pero no, no siente que haya fallado, el librillo artesanal que le conectó a un trozo de ese pasado glorioso, le mantiene excitado; siente que es una señal. Incluso el haber decidido visitar a Raúl y Josué, sus viejos y buenos amigos se le figura un designio. Le alegra haberle dejado el libro en el puesto de vigilancia, intuye que también Raúl vivirá minutos de gloria.

Tantea dentro de su bolsillo en busca de alguna moneda que sabe no encontrará. Le apetece una taza de café tibio. Aún no es mediodía y si va donde Josué quizá le esté importunando. También sabe que de momento ese sería el único lugar donde podrían darle café. Josué, el de las frases certeras y la elocuencia tenaz. Radamés rememora las veces que junto a Raúl vaticinó el destino virtuoso de su amigo, no como dramaturgo que era lo que éste soñaba, sino como un empresario. Radamés no puede distinguir en qué momento ellos se le perdieron. Por más que lo intenta no haya esa delgada línea que los fue separando hasta borrar al uno de la mirada del otro. Y adiós libros artesanales, adiós borracheras con ron. Lo sueños que tejieron juntos, se descosieron sin avisar. Cada cual siguió su propia cocción, hirviendo al calor de sus propias convicciones.

Cuando la recepcionista le vio parado tras el cristal no pudo ocultar el temor que le causó su endeble figura con una mochila al hombro. Vengo a ver Josué Santana, contestó Radamés por el auricular desde el otro lado del mundo, sonriente, con los ojos dilatados. Luego de las miradas nerviosas de la señora y la sutil amenaza del vigilante que acariciaba su arma envainada, Radamés pudo pasar y sentarse en un sillón mullido a esperar al Licenciado. Un lejano pero exquisito olor a café le recompuso el espíritu. En algún momento le ofrecerían, pensó, y a través de una rendija pudo entrever a Josué detrás de un enorme escritorio, ocupado entre papeles. ¿Leerá aún? se pregunta Radamés y como por una conexión poderosa Josué levantó la vista y a través de la misma rendija por donde éste lo estaba viendo, le hizo señal que pasara.
Cuando entró a su oficina lo primero que se le vino sobre los ojos fue la biblioteca atestada de libros. Espesos lomos se alinean con rigidez. Josué sale a su encuentro y le estrecha con un abrazo. Se sientan a cada extremo del escritorio esquivándose las miradas.
-Radamés, el poeta, qué milagro verle la cara.
Radamés sonríe y aprieta la mochila que tiene sobre las piernas.
-¡Qué biblioteca, Josué!
Ambos callan largos segundos con los ojos clavados en la biblioteca. Suena el teléfono del Licenciado y éste atiende gravemente. Radamés echa una mirada rápida al lugar y recoge en detalle lo más relevante; tanto lujo y limpieza le achican la garganta. Cuando Josué vuelve a él, excusándose por la inesperada llegada de un cliente, Radamés se disculpa a su vez y le dice que luego vuelve… que perdone la molestia. Josué le invita a verse en la noche, para salir a comer. Radamés vuelve a apretar el bolso y con una frase vendedora atascada en la garganta, de nuevo mira la biblioteca y se reduce sólo a decir “Todavía lees mucho, ¿Verdad?”. Josué también mira los libros y vuelve a reinar sobre ellos una sombra silenciosa.
Josué coge un ejemplar de lujo, bellamente enlomado en cuero, y se lo extiende a Radamés.
-Tu poeta favorito, tómalo.
Radamés se levanta terciándose la mochila.
-No, no, ya no leo, de hecho estoy regalando mis libros.
E hizo una mueca torciendo la boca en dirección a su espalda, señalando el morral. Y Josué, ya no tan elocuente como de joven, puso el libro sobre la mesa y le aceptó la mano a su amigo que se estaba despidiendo.
-Si necesitas algo, ya sabes… ¿Conversamos esta noche?
Radamés sonríe y asiente.
Bajo el dintel de la puerta se despiden nuevamente. Cuando se acerca a la recepción un cálido olor a café, proveniente de la taza que bebe un hombre trajeado, le hace inhalar fuertemente, pasar muy erguido frente a la secretaria y una vez fuera, ya del otro lado del mundo, suelta un enorme suspiro que le deja desinflado.


Juan Manuel Parada

5 comentarios :

liz rojas dijo...

Juan, te felicito por tu cuento, me hizo sentir la frustración de la meta no alcanzada, a veces me he sentido así, con la palabra ahogada en el temor y la vergüenza, que llevan al quebranto de mi sueño.

nildhe dijo...

Querido Juan: tan cerquita que estamos y yo escribiendote. Este textole saco lagrimitas a micorazon.Me encanta tu pagina, es interesante y arduo este trabajo. La gente a veces noentiende como dice el loco de la pancarta. Necesito hablar de otras cosas contigo, de textos, de sueños de lo que se puedehacer mas alla de lo de siempre del trabajo. Te felicito. Nildhe

JUAN MANUEL PARADA dijo...

Gracias Liz y Nildhe por sus alentadores comentarios. Este cuento es también uno de mis favoritos.

Un abrazo para ambas.

Emily dijo...

Confieso que lo que tuvo el poder de convocarme a leer el cuento fue la foto. Tengo muñequitos parecidos pero menos prolijos.Te felicito, ha sido un gran hallazgo , la historia me conmovió y me encantó. En mi desmoronamiento laboral,de desempleo temporal, leo más que de costumbre , asi que por donde se mire este blog ha sido un grato descubrimiento. Hola!

JUAN MANUEL PARADA dijo...

Gracias Emily, tus alentadoras palabras me motivan a seguir manteniendo este pequeño espacio virtual.
Un abrazo.