sábado, 3 de mayo de 2014

SARMIENTO

De la serie de cuentos La Invasión, por Juan Manuel Parada.

El sol brilla en su espalda desnuda. Mira a los lados con gran afán ubicando algo que le sirva para sostener la pipa; una rama seca, una piedra, algo para acuñar el pesado recipiente que lleva a pulso a la cima. La tierra arde bajo sus botas y el sudor que cae desde sus hombros le va enchumbando los pantalones. Va a mitad de la montaña y decide descansar. Sostiene el balde con la espalda y se acuclilla a escupir chimó. Allá abajo destaca el techo de zinc de su rancho de bahareque, a un lado el guácimo seco y detrás las cuatro gallinas picoteando el piso de acero. Todo a través de un velo que vaporiza la imagen. Más allá de esa visión, su mirada se pierde en tierra baldía, antiguas casas en ruina y montones de chatarra.
Siente el agua agitarse en la pipa y le sostiene la certeza de que pronto regará el puñado de caraotas que sembró en la cúspide de la montaña; único lugar en los linderos de su conuco donde aún la tierra es fértil. Y recuerda el viejo Sarmiento los días gloriosos de aquellos campos, el caño fresco que bajaba por esa misma cuesta pedregosa donde reposa ahora bajo el sol, y la algarabía de los peones cantando en plena faena, machete en mano, cañaveral adentro. Un gavilán surca el cielo y su sombra proyectada en el piso alborota a las gallinas; Sarmiento evoca cuando vino a la finca de Pedraza a trabajar como peón. Venía apretado en la plataforma del camión junto a otros adolescentes, todos con la certeza de volver a sus pueblos apenas terminara la zafra, la mayoría ignorando que serían enterrados en esas tierras de nadie. Ese día por la noche, apenas se habían instalado en el galpón de los jornaleros, Sarmiento fue al bar de la colombiana con otros peones y presenció la persecución que iniciara su jefe en contra del llamado Rufino, un rebelde que le había desafiado y al que esa noche cogiera la muerte con un balazo en la espalda; último que se conozca haya desafiado al jefe. Supo entonces de Pedraza, amo de la tierra y la vida, amo del cielo y la muerte, su patrón.
Conchita se asoma por la ventana a tomar unas ramas de cilantro que tiene sembradas allí, en unas latas de aceite vacías. Descubre al viejo Sarmiento descansando a mitad de la cuesta, con la pipa apoyada en su espalda y le mira tan profundo que hasta parece estar viva. Luce un vestido floreado y una pañoleta roja recogiéndole el cabello. Sin duda sus manos huelen a ajo, cebolla y leña. Sin duda ella le está cocinando desde el otro lado de la vida. Sarmiento la ve y sonríe, la saluda con un leve movimiento de cabeza y se levanta para continuar.
Cuando el ya anciano Cruz Pedraza supo de esa enfermedad que le quitaría la vida, se hizo cuidar de una muchacha que atendiera su dieta, le diera los medicamentos y le guardara la memoria. Sobre todo esto último. No toleraba el patrón olvidar su vida gloriosa. Consideraba ridículo haber vivido de logro en logro y olvidarlo de un machetazo. Conchita fue la elegida, hija de Marcial, su caporal de mayor confianza. India de espalda erguida y larga cabellera negra, pasó a ser la hija que nunca tuvo. Le cuidaba con tanta entrega que cuando ya se defecaba encima, ella le limpiaba con paciencia, como si fuera el bebé que tampoco ella llegó a tener. Veinte años después de la muerte de Cruz Pedraza, cuando Conchita falleció vomitando sangre, aún muy joven, corrió en esta sabana la leyenda de que no pudo con tanta memoria que le confiara el patrón, a quien la mente se le iba blanqueando cada día que pasaba y la hacía a ella depositaria de sus secretos oscuros.
Sarmiento empuja la pipa montaña arriba y el sol vertical le sigue azotando los cueros. El silencio de la sabana es pleno, no hay brisa, no hay aves, no hay gente. Es solo el viejo Sarmiento con los recuerdos de una vida al sol. Son solo él y Conchita que le mira desde la ventana, o que se le cuela en la hamaca algunas noches de frio. Tras la muerte del patrón la finca se vino a quiebra, no hubo quien impusiera el orden de Cruz Pedraza, nadie tuvo la mano firme para impulsar la peonada y poco a poco cada quien cogió camino. Y lo que antes fuera la casa del jefe, la casona, se fue cayendo a pedazos. Y las máquinas fueron desbalijadas por algunos jornaleros. Parece que hasta la lluvia decidió irse con Pedraza, y los ríos y hasta ella que lo quería tanto como a su padre. También él sentía aprecio por Cruz, quien le dio un pedazo de tierra cuando le pidió a María Concepción Núñez, Conchita, para casarse. Allí está, desafiando el verano, la historia y la cuesta, Emiliano Nazareth Sarmiento, de setenta y un años, viudo y sin hijos, arañando el pasado en busca de una grieta por donde colarse para volver a ese tiempo que según él fue mejor. Empuja el tambor de agua hacia la cúspide de esa montaña, no porque necesite las caraotas para vivir, sino como un desafío a la desgracia, a los años de miseria, a la mala suerte de perder la esposa siendo aún una muchacha. Esta vez debe vencer, piensa Sarmiento, llegar a la cima y regar el conuco. Vencer una vez en la vida es su último deseo.
Pero ya las piernas del viejo no son las mismas de antes, ahora le tiemblan en cada paso y el dolor en las rodillas es cada vez más intenso. Está a pocos metros de su meta y le preocupa el ardor en las manos. El recipiente está más pesado, el calor insufrible y sus fuerzas menguadas. Sólo la certeza de Conchita preparándole el almuerzo le motiva a seguir subiendo. Incluso percibe el olor a cebolla frita y a maíz hervido. Los ve sentados en sus taburetes frente al rancho, comiendo y mirando el verdor del cañaveral mientras una bandada de loros irrumpe en el horizonte con su canto alborotado. Necesita ayuda Sarmiento, está detenido a poquísimos pasos de la cima, pero ya convencido de que no llegará. Visto desde abajo, desde el guácimo por ejemplo, parece la fotografía de alguien cuya fuerza la permitió llevar ese gran recipiente hasta la cima de esa montaña. Está detenido en el espacio, pero sobre todo en el tiempo. Y no en este tiempo de ahora, de la derrota inminente, la soledad y la sequía. Se incrustó Sarmiento en su época feliz, la del jornal y Conchita; cansado, sí, muy extenuado por el día a día, es verdad, pero siempre con la certeza de regresar a su rancho e ir a la cama con su mujer, su india negra, y envolverse en su cabellera y reposar en sus muslos. Sólo ahora odia al patrón por haberle reventado el hígado con tanto secretó que le contó. Sabe que es momento de soltar la pipa o se irá abajo con ella. Y se culpa Sarmiento por nunca sumarse a las revueltas que organizaban los jornaleros. Antes se conformó con los senos de su esposa al amanecer y sus afinados pasajes cuando el rojo sol se hundía en la línea del horizonte… más las tardes del domingo… más las tierras que le dieran… era feliz. Siente un incendio en las manos y un tirón en las pantorrillas, suelta el pipote montaña abajo y le ve rebotar en las piedras, soltando el agua por las grietas que van surgiendo tras cada golpe. Ahora que su parcela no es más que un montón de terrones secos, que ni siquiera la brisa se siente en la soledad de este campo, y cuando ya es imposible que germinen las caraotas, Sarmiento se acuclilla a desear su muerte como casi todo el tiempo desde que murió Conchita; aunque no estaría mal irme a la hamaca con mi mujer, piensa el viejo mirando el rancho.

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