sábado, 15 de octubre de 2016

LAS HUELLAS DEL HAMBRE


Por Juan Manuel Parada

Mientras Calistra raya el papelón sobre la mesa, Ña´Carmen atiza las brasas del fogón para montar la olla y hervir el melado.

Es temprano, pero ya la brisa sopla caliente trayendo el olor del gallinero mezclado con la fragancia de los ajíes que la vieja cultiva en el huerto.

Ña´Carmen le sirve café y parte con sus gruesas manos una de las acemitas que bajó del techo, donde guindan de las alcayatas como gigantes murciélagos.

Calistra sorbe el aroma tibio del café y la boca se le hace aguas antes de morder el pan; le viene la imagen de su hermano que llora de hambre y la de su madre que se muerde los labios de frustración. 

Pasaron la noche alrededor del fuego que bailaba sobre el aceite sucio de la lámpara, como buscando una respuesta en la llama, un alivio, una esperanza.

Pensó en guardar el trozo de pan para llevarlo al rancho y compartir con los suyos, pero también ella tenía hambre y lo devora con rapidez, como para no arrepentirse de su sacrificio.

Cuando tomó el último trago de café sintió un malestar más poderoso que el crujir de las tripas recién apaciguado; era algo en su cabeza que le hacía sentir culpable de haber comido sin pensar en la familia, una emoción enquistada en el vientre, ya no en el estómago como hace un minuto.

Ña´Carmen se le coloca detrás y le acaricia el cabello con tanto amor que casi se va en llanto. Es como si sus manos le insuflaran confianza y protección, pero aún así no se atreve a contarle la tragedia de su casa, por vergüenza de eso que decían de su mamá, “que se quedó sola por puta, por haber parido de otro”.

El día que papá murió fue el más escandaloso del caserío. No porque el viejo fuera una figura ilustre, ni porque hubiera muerto en forma trágica; sino porque sufrió un infarto al enterarse que su mujer, o mejor dicho, la niña aquella que cambió por dos fanegas de maíz, estaba encinta de su sobrino, un muchacho como ella.

Desde entonces, la madre de Calistra quedó al margen de los vecinos, en la oscuridad de una vergüenza que su orgullo resistía como resistían el hambre.

Entonces la niña mira las acemitas que cuelgan del techo como racimos milagrosos, y le viene la idea de robar a Ña´Carmen; esa misma que en muchas ocasiones le aconsejó transitar el camino del bien, como Cristo, “para ir al paraíso en el fin de los tiempos”. Sí, robar a la mujer que le cobija en su casa, con trabajo, comida y amor. Robar un pan para su hermano y su madre y sacarse ese dolor de saberles hambrientos mientras ella ya comió.

Cuando la vieja salga al gallinero a buscar los huevos para la masa, subirá al fogón y bajará una acemita. Está decidido, será rápida y audaz. Es solo una, no podría darse cuenta y nunca más volvería a hacerlo.

En eso escucha el alboroto de las gallinas, que aletean y cacarean mientras Ña´Carmen escudriña sus nidos y les canta un pasaje llanero. Arrima un taburete para alcanzar las acemitas, pero apenas sus dedos pueden rozarlas; entonces sube al fogón y alcanza una y la toma con el corazón en la boca y el sudor bajándole por la nariz.

Mientras corre de vuelta le tiemblan las piernas y las manos. Por una parte siente el alivio de haber visto los ojos de los suyos cuando recibían el pan “que les mandó Ña´Carmen”, pero en el estómago se le aglutinan el miedo y la culpa con tal intensidad que ya no sabe si es mejor no haber comido durante todo un día o cargar con eso que tanto le pesa.

Ambas entraron al mismo tiempo a la cocina. La vieja con una cesta llena de huevos y la niña, secándose las manos sudadas en el delantal. Calistra petrificada, Ña´Carmen silbando una copla para romper el silencio que se imponía sobre ellas.

Una y otra vuelven a sus oficios, en apariencia serenas; afuera los árboles no se mueven por la ausencia de brisa, y los únicos ruidos que se oyen adentro provienen de los utensilios con los que cocinan.

Cuando Ña´Carmen ve las huellas de unas zapatillas pequeñas sobre las cenizas del fogón, mira al techo y comprueba que una alcayata está vacía, tan solo un trozo de la bolsa como rastro del tirón torpe que la niña le dio para tomar el pan.

Entonces le dice a Calistra que se acerque al fogón, justo a su lado y le enseña cómo se coloca el papelón rayado en el baño de maría y mientras revuelve la porción con una cuchara de palo, le habla de tiempos remotos, de cuando los hombres andaban a caballo y las mujeres lavaban en el río.

Calistra ve sus propias huellas sobre las cenizas y le vienen ganas de vomitar. La vieja habla de la tarde aquella cuando Diego Mujica encendió la planta eléctrica y algunas casas tuvieron bombillas para iluminarse; y la niña ve las llamas que lamen la olla y piensa en el infierno a donde irá a quemarse por haber robado un pan.

Entonces desliza una mano sobre el mesón donde dejó el rastro y comienza a jugar con las cenizas borrando las huellas de su pecado, y Ña´Carmen, sin mirarla, le dice que siempre es mejor ensuciarse el cuerpo y no el alma, porque lo primero se lava con jabón, lo segundo no puede limpiarse.

Dos lagrimones brotaron de los ojos de la niña, no por el humo que siempre le hacía llorar, sino porque se sabía descubierta. Pensó que quizá su destino, como el de su madre, era la vergüenza, y gimió en silencio mientras Ña´Carmen se agachaba entregándole un pan, justo antes de abrazarla y acariciarle el cabello con sus manos oscuras de papelón.

1 comentario :

María Inmaculada dijo...

Que hermoso cuento, encierra uno de los valores que no debe olvidar el ser humano, su calidad humana y no ignorar la necesidad del otro. Éxitos